Con paso firme: la vejez como oportunidad

Con paso firme: la vejez como oportunidad

Ahí la tienen,  una enfermera veterana. Pero de las de veras. El paso de los años y la actividad intensa enflaquecieron su cuerpo. Por eso el uniforme que viste ha quedado como  prenda de talla equivocada. El cuello flaco asoma, bailando en el cuello tieso del uniforme.

La enfermera adelanta un pie en perfecta coordinación con el brazo contrario, para dar impulso a sus pasos firmes. Es una mujer que no puede perder el tiempo, porque ya no sobra.  Es lo que tiene la vejez. Ha llegado de manera sencilla, viviendo, sin necesidad de más. Y sin llamar la atención de nadie.

Nos han educado y vivimos en una sociedad donde se hace imprescindible contar con todas nuestras facultades en plenitud. Ahora incluso, nuestra imagen externa debe obedecer también este mandato. Ser para siempre jóvenes, tersos, esbeltos, es un requisito para que una persona mantenga elevada su autoestima.  Si se siguen estos preceptos culturales, es porque existe una lectura totalmente negativa de la vejez. Se ve como una etapa de límites que no queda más remedio que aceptar. Un momento de máxima melancolía. Las causas posibles de este pensamiento son dos. Nos hacemos conscientes de que el camino proyectado no ha podido ser realizado y de algo aún peor, que ya no queda tiempo suficiente para lograrlo. Sin embargo, sigue siendo un período donde es esencial hacer planes, tener proyectos. Con la esperanza de cumplir incluso con aquellos que se imaginaron cuando éramos más jóvenes.

Si tuviera la posibilidad de elegir, querría ser como esta enfermera veterana.  Quizás  a esa edad, viva con menos capacidad económica y  con la salud algo mermada. A lo mejor algún compañero de vida se habrá perdido por el camino. Pero todavía seguiría en pie, preparada para lo que llegara a continuación.

El envejecimiento tiene que ser también un acto de rebelión frente al tiempo. Un proceso que tiene que empezar mucho antes de su llegada, preparándonos para conseguir ser (por dentro y por fuera), ese anciano al que aspiramos llegar a ser. Puede parecer un proyecto muy ambicioso.  Pero tendríamos a cambio del esfuerzo, mucho que ganar. Al envejecer, no sólo perdemos, también ganamos: ternura, proximidad, lucidez, serenidad…Todos estos valores pueden hacer de nosotras, mejores enfermeras.

Por esta razón, miremos a nuestras enfermeras, las veteranas. Muchos tenemos la inmensa  suerte de haber trabajado o trabajar todavía con ellas. Tienen una capacidad de enseñanza y consejo extraordinaria. Son la verdadera fuente de aprendizaje. A cambio les debemos afecto, cuidado y estima. Esa es la obligación de las generaciones más jóvenes. La mía.

Las enfermeras veteranas son las que han conseguido llegar hasta aquí, erguidas. Son lo mismo que han sido desde que eran jóvenes.  Las canas y las arrugas no han desdibujado los frutos de su prestigio. Sino que son signo de mérito de aquellas que se prepararon para ser mejores en su etapa final. Con paso firme.

Ana María Medina Reina – Enfermería humanística

Entradas recientes

Introduce un término de búsqueda